Una tarta de fresas, catorce velas y el nombre de una ópera de Verdi: Aida

la foto (2)Juré que no lo haría, pero crucé los dedos mientras lo hacía. Querida pequeña princess, ¿de verdad creías que no iba hoy a dedicar este post a la mujer más importante de mi vida, al mejor de los imprevistos y a quien lleva catorce enseñándome un millón de cosas a diario?

Pues aquí me tienes, hecha toda una madre ñoña sin poder creer el número de velas que pondré esta tarde en tu tarta de cumpleaños, cuando en este caso el tiempo corrió que volaba y aún creo que fue ayer cuando te puse la primera… Será que ser Aida, tener una madre bloguera -había pocas posibilidades- ser adicta a las cremas y a los secretos de la eterna juventud ha hecho que casi seas más mayor que yo y al paso que vas, incluso más mayor que tu abuela.

Y como siempre te digo, cuando un día seas madre dentro mucho, muchísimo tiempo -tendrás que ir primero a un Erasmus y como poco a viajar en el Interrail si es que sigue existiendo- te darás cuenta que es imposible que tú me quieras más que yo a tí, que el día que dejaste de ir de la mano por la calle conmigo fue un drama, que hacer purés no es tarea fácil, que dar la primera papilla de frutas es complicado, que una respiración ajena se convierte en el pulso necesario de las propias venas, que verte sonreir era mi mayor proyecto, que nunca debes ponerte rímel si piensas lloriquear y que querer vivir deprisa debería ser sólo la letra de una canción.

la foto (3)Tener veintitrés años, ser aún una niña, pasar nueve meses intentando descubrir cómo iban a caber en mi barriga al menos cincuenta y tantos centímetros de algo nuevo, aprender a cocinar por tí, pasar mil noches en vela, enseñarte a hacer pis en un cuarto de baño cuando yo aún no había cumplido los veintiséis, girar el sentido de toda mi vida, pasarme los días corriendo de aquí para allá, convertirme en madre mientras también tenía que convertirme en mujer, enseñarte a leer mientras te liabas a patadas con aquella cartilla, rendirme, aprender a estar contigo en un juego de muñecas eterno y luchar por seguir despertándome contigo bajo el mismo techo, créeme que ha sido la aventura más divertida de mi vida.

Si alguna vez tuve que hacer alguna concesión, que las hice -siempre hay que hacerlas- las hice con sumo gusto. Si hubo un día que tuve que renunciar a algo por ser yo la que te diera las buenas noches, renuncié con gusto. Hacer equipo contigo hace ya más de una década ha merecido la pena. Hemos hecho un buen trabajo, aunque a veces me cueste creer que no te encontraré pequeña, con los mofletes rosados y un lazo en el pelo. Las madres somos así.

Dicho ésto, feliz cumpleaños mi tesoro, tu tarta está esperándote en la nevera y soplaremos las velas esta tarde para que puedas pedir tu deseo. Un deseo más de los millones que yo tengo para tí, pero como la vida es como es y no está en mi mano que cumplas todos y cada uno de ellos, nunca te olvides de ser feliz, de ser buena y generosa, que habrá días difíciles que habrá que afrontar, que yo siempre estaré aquí para ayudarte a levantarte las veces que hagan falta si una vez te caes, que ya queda menos para esos zapatos de tacón, que maquillarte demasiado no te favorecerá nunca, que los amigos se elijen -hazlo bien-, que cada pequeña decisión sumará en tu vida y que sólo vivirás una.

[jwplayer mediaid=”850″]

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario