Un poco de magia para enfrentarnos a la arbitrariedad del mundo, una receta agradecida y una anécdota

1‘Todos necesitamos algo que aporte un poco de magia para enfrentarnos a la arbitrariedad del mundo, algo que nos ayude a tapar los oídos, como Ulises. Sólo que a veces, no es para no oír las sirenas, sino para no oír que no hay sirenas”, escribió Ignacio del Vallle en su libro ‘Cómo el amor no transformó el mundo’.

Y hablando de libros, comenzamos con varias recomendaciones, una receta agradecida y una frase que detesto de Sigmund Froid que ni siquiera escribiré, porque siempre me pareció un hombre poco interesante con el que jamás discutiría porque ya sabéis eso de que no se debe discutir con un loco, porque hay quien podría desconocer la diferencia…

2Dicho ésto, ponemos un poco de olor en la cocina, encendemos unas velas y nos servimos una copa de un buen vino. Buen plan éste del olor a tomates frescos y albahaca para cuando se esté apagando el lunes y vaya llegando la hora de sacar varios libros del lugar donde permanezcan dormidos.

Ingredientes:

  • Una placa de masa de hojaldre que se puede comprar semicongelada
  • 250 g de harina
  • 1 huevo
  • 125 g de mantequilla sin sal cortada en trozos pequeños
  • 1-2 cucharadas (15-30 ml) de agua helada
  • relleno:
  • 600 grs de tomates en rodajas
  • 2 cucharadas de albahaca fresca, en rodajas
  • 4 huevos
  • 200 grs de crema de leche o nata
  • Una pizca de comino molido
  • ¼ de cucharadita de sal
  • ¼ cucharadita de pimienta
  • 200 g Gruyere, cortado en cubos pequeños

3Lo bueno de esta receta es que es de muy fácil elaboración: Precalentar el horno y engrasar un molde de 26 centímetros, aunque si no tenéis de esta medida pues usáis algo parecido. A continuación preparamos la masa de hojaldre precocinada o bien preparamos la masa con la harina, la pizca de sal, un huevo, la mantequilla y el agua fría. Si elegimos esta opción, hay que tener en cuenta que la masa hay que dejarla reposar en la nevera al menos media hora. Mientras dejamos que se enfríe la masa, podemos ir mezclando los huevos, la nata, la sal, la pimienta y el comino, dejando esta mezcla reservada.

Estiramos la masa después, distribuimos uniformemente el queso en la parte superior de la corteza, colocamos los tomates sobre la cama de gruyere y espolvoreamos con albahaca. Una vez hecho ésto, vertemos la mezcla de huevo sobre los tomates y et voilá: hornearemos el quiché durante cuarenta minutos hasta que esté dorado y la mezcla de huevo esté lista.

Quiché hecho, lo único que me queda por decir en este lunes de viento, es que mi madre, que es una mujer muy sabia, siempre dice que cuando uno está triste tiene que comer porque con la barriga llena las cosas se ven de otra manera. Hay que poner música, una mesa bonita y el mejor de los manteles porque según ella cuenta para corroborar la importancia de un buen hilo bordado es que incluso una vez el director de cine Luchino Visconti, al inspeccionar el decorado de una escena y darse cuenta que los cajones de una cómoda estaban vacíos, ordenó que los llenaran de manteles. Dice mi madre al respecto que un ayudante de escena protestó alegando que los cajones estaban vacíos porque no iban a ser abiertos y por lo tanto qué más daba lo que hubiera en su interior… Dice mi madre, que nunca miente, que el italiano le contestó que si bien nadie los vería, Dios sí se daría cuenta…

Feliz lunes, mañana una de libros y tal vez algún que otro viaje…

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